domingo, 8 de diciembre de 2019

Boku no hero 4 x 8




se trato de cómo Tamaki Amajiki (alias Suneater) hablaron sobre como fue que conoció a Mirio Togata y este lo ispiro y recordo a Mirio cuando se puso a pelear solo contra 3 supervillanos, los superhéroes y los policías entraron a la casa donde tienen oculta a la niña que están usando para crear balas que pueden anular los poderes de los superhéroes usando los poderes del villano líder que puede desfragmentar partes del cuerpo de su enemigo. Al entrar los superhéroes se encontraron con un supervillano que puede introducirse en la pared y controlar el cemento así que movio todo y el único que pudo avanzar es Mirio Togata (alias Lemillion) así que se adelanto mientras que los demás terminaron un piso abajo en una sala donde habían 3 villanos esperándolos, gracias a que la policía tenía una lista con los poderes de cada supervillano que probablemente se encontrarían en esa casa ya sabían quienes eran y que poderes tenían así que usaron los poderes de Shota Aizawa (alias Eraser Head) y este golpeo en la cabeza al que considero más peligroso antes de irse (Soramitsu Tabe) porque Suneater les pidió que lo dejaran a solas con esos 3 supervillanos y que los demás continuaran con la misión principal, con los poderes de  Eraser Head los 3 supervillanos se quedaron un rato sin poder usar sus poderes, así que Suneater aprovecho para poder quitarle la espada y demás armas a Toya Setsuno quien tiene el poder de mover instantáneamente objetos en posesión de alguien direcamente de sus manos siempre y cuando estos objetos robados no sean muy grandes y estén dentro de su campo de visión, además de que es un asesino muy peligroso con cualquier arma.

Cuando los demás héroes se fueron Suneater se quedo sometiendo con una mano a los 3 supervillanos porque comió pulpo y el poder de Suneater es que puede manifestar características de las cosas que come en su cuerpo por lo que su mano tenía tentáculos de pulpo. Después de un rato Toya Setsuno se lanzo contra Suneater y este lo golpeo con su otra mano, el problema es que Toya guardaba una arma debajo de su mascara agarrada con la boca. Por lo que le ocasiono una herida en la mano a Suneater. Después de esto Toya despertó a Soramitsu Tabe y los 3 recuperaron sus poderes por lo que Suneater parecía estar en grabes problemas, porque Yu Hojo el don de la Cristalización con el cual puede crear cristales en su cuerpo por lo que empezó a lanzar golpes muy fuertes a Suneater. Pero este logro proteger su rostro y su mano usando la dureza del caparazón de un cangrejo y combinándolo con los tentáculos del pulpo logro formar una semi kimera para poder atacar con la dureza de caparazón de cangrejo y la flexibilidad de los tentáculos de pulpo, con lo que parecía que tenia la victoria asegurada, pero no contaba con el poder de Soramitsu, el cual le permite comer, morder y digerir de todo siempre y cuando se encuentre dentro de su rango de acción. Por lo que se estaba comiendo pedazos muy grandes de los tentáculos de la kimera, ya tenían detenido a Suneater con los diamantes del brazo izquierdo de Yu Hojo y lo iban a golpear con el brazo derecho cuando Suneater uso su pierna izquierda para generar una pierna de un ave, golpeo un pedazo de cristal para golpear a Toya justo en la cara para que no pudiera verlo y asi no pudiera usar sus poderes y cuando Yu lo iba a golpear antes de recibir el golpe Suneater alcanzo a comer un pedazo de cristal con lo que pudo adquirir esa dureza y neutralizar el golpe que iba a recibir. Después de esto combino su pierna izquierda de ave con la cristalización para poder sujetar a Yu y cuando Soramitsu iba a atacarlo uso a Yu como escudo porque sabía que Soramitsu aunque tiene el poder de comer todo, el sentía un vinculo de amistad hacia su compañero y por lo tanto detuvo su ataque. Con lo que Suneater aprovecho para usar el cuerpo de Yu para golpear a los 3 supervillanos al mismo tiempo y así poder ganar la batalla.



sábado, 7 de diciembre de 2019

South Park 23 - 09


Este capitulo trato de Scott Malkinsonel que tiene diabetes y que en su escuela llego una nueva estudiante que también tenía diabetes y se enamoro de ella solo por que ambos tienen diabetes. Así que para poder pasar tiempo con ella trato de alejar a todos los demás chicos que también se habían fijado en ella. Y se entero que a ella le gusta mucho la serie de Disney + llamada The mandalorian así que trato de convencer a su padre para que instalara Disney + en su casa, pero su padre tenía un odio hacia todos los servicios de tv de streaming porque el trabaja instalando cable y pues ya casi nadie usa cable porque son muy ineficientes y tardan mucho en llegar a las casas para poder arreglar el cable. Así que para poder tener una cuenta de Disney + Scott Malkinson tuvo que cambiar unas cajas de agujas de insulina por una cuenta de Disney + y cuando por fin llego a su casa para poder ver el estreno del nuevo capitulo de The Mangalorians resulto que su papa y los demás técnicos de cable se unieron para poder arruinar el servicio de streaming en todo el pueblo para que empiecen a cambiar a cable de nuevo. Así que la niña al ver que no podía ver el capitulo de estreno en la casa de Scott Malkinson fue a la casa de otro de los niños del pueblo que también le había ofrecido ver el capitulo y Scott fue con ella muy celoso, en esa casa tampoco funciono el servicio de streaming así que fueron a la casa de otro de los niños del pueblo y tampoco, así que fueron a la casa de la niña y ahí fue donde Scott Malkinson se harto de ver que tantos chicos del pueblo querían conquistar a la niña con diabetes que el amaba así que fue a la cocina y se comió una tarta de arandano (creo) para mancharse los dedos y la boca de color azul y ponerse agujas de insulina entre los dedos para parecerse un poco a un Wolverine con rabia. Scott le dijo a todos los niños que dejaran de competir y molestar a su novia, cuando la niña escucho esto le replico de inmediato que ellos no eran novios y que ella era mas que solo una niña con diabetes que era mas que su diabetes, a lo que Scott se entristeció y se dio cuenta de que el no, el toda su vida había sido solo Scott Malkinson y tiene diabetes como todos se burlaban de el y la diabetes abarcaba toda su vida. Tiempo después la niña con diabetes vio a Scott muy triste así que ella se acerco a el y le ofreció un dulce porque sabía que estaría por necesitarlo por sus niveles de azúcar, fue cuando se dio cuenta de que los demás niños no entenderían el tiempo extra que tienes que dedicarle a su día a día solo para poder funcionar normalmente.



viernes, 6 de diciembre de 2019

Dr. Stone



En cuanto a la serie de Dr. Stone es una serie que trata de un joven que es un prodigio de la ciencia y que cierto día de la nada y sin esperarlo una luz cubre al mundo entero convirtiendo a todos los seres humanos y a las palomas en piedras por miles de años (Senku fue uno de los primeros en volver a su estado normal despetrificandose a si mismo gracias a que estuvo todo el tiempo contando los segundos para cuando volviera a la vida supiera en que fecha estaba) después de des petrificarse trato de avanzar la ciencia y uno de sus descubrimientos fue saber como despetrificar a otros usando una formula en la que contenía algo del liquido que producen con las esces fecales de los murciélagos de la cueva en la que el estaba. Des petrifico a un amigo que conocía antes de todo eso y que tenía una resistencia física inhumana, para así poder tener mano de obra que le ayudara con el trabajo duro que el no podía hacer, ese amigo des petrifico a una chica que le gustaba que tenía una gran habilidad para hacer rompecabezas y tejer y cocer etc. Y sin querer y para salvar sus vidas del ataque de unos leones que por poco los matan tuvieron que des petrificar a un ser humano muy fuerte que en su tiempo era un boxeador joven y este los salvo de los leones, todo parecía ir muy bien pero este ultimo tenia unas ideas sobre la sociedad que chocaban con los deseos del personaje principal Senku (Senku quería des petrificar a todos los seres humanos para regresar el mundo a su nivel científico y salvar a la humanidad, mientras que Tsukasa el boxeador quería un mundo en donde la gente joven prevalezca y los ancianos no existan para poner leyes y reglas y usar armas para adueñarse de la propiedad y excluir a los demás porque cuando el era niño estaba en una playa recogiendo conchas de mar y llego un viejo y le dio una golpiza porque según el era el dueño de la playa y nadie podía recoger nada que le pertenezca) por esta razón se tuvieron que separar y formar sociedades diferentes, por suerte para Senku el encontró un pueblo con personas medianamente civilizadas que eran los descendientes de su padre y otros astronautas que no fueron afectados por el resplandor y que al volver a la tierra trataron de salvar a la humanidad pero fallaron miserablemente porque no tenían los suficientes conocimientos para crear medicinas y murieron poco a poco por enfermedades que pudieron haber curado si hubieran sido buenos científicos prodigiosos como Senku, pero por suerte para Senku esos astronautas trataron de dejar ayuda a Senku, dejándo metales preciosos y algunos conocimientos que fueron transmitiendo de generación en generación en la aldea Ishigami (El nombre del personaje principal es Ishigami Senku) asi fue como se fue dando cuenta poco a poco de los mensajes que su padre y los demás astronautas le dejaron. Mientras que Tsukasa se quedo con la formula para hacer mas liquido para despetrificar y el creía que iba a poder ganarle a Senku despetrificando a gente joven y fuerte y en grandes cantidades ganaría. La verdad Tsukasa es un idiota porque no van a ser jóvenes para siempre y con su idea de sociedad tendrán suerte si llevan a sobrevivir lo suficiente para poder generar una buena y productiva sociedad. El cree que su fuerza le va a durar toda la vida. Pero Senku en cada una de sus aventuras nos demuestra que la vida es muy frágil y que la raza humana tan precaria que no sobreviviría por mucho tiempo de no ser por la estabilidad que nos brinda la ciencia. 



martes, 20 de agosto de 2019

Invasor zim parte 1

En esta película empezamos lo primero que notamos es que el invasor Zim ha estado ausente durante un largo periodo de tiempo, por lo que Dib su enemigo humano se dio a la tarea de esperar a que volviera a aparecer por lo que se quedo sentado viendo monitores para ver si aparecía.

Su hermana Gaz estaba preocupada por Dib porque llevaba mucho tiempo sin salir de su cuarto y sin bañarse, trato de ayudarlo pero en vez de ayudar a que se olvidara de Zim termino descubriendo que Zim había aparecido de repente en el cesped de su casa haciendo estiramiento por todo el tiempo que se paso en su escondite secreto.

Dib obsecionado aun con detener a Zim salio de su cuarto y fue a encontrarse con Zim para tratar de ponerle fin a su plan malebolo. Cuando llego estaba en tan mal estado que nisiquiera Zim pudo reconocerlo. Fue cuando Zim le contó que la primera fase de su plan era ocultarse en su escondite secreto (que era el baño de su casa) por un largo tiempo y hacer que Dib no se moviera porque sabía que lo estaba espiando. Al no moverse Dib perdio movilidad de su cuerpo y se termino fusionando con la silla en la que estaba sentado al punto de decir el mismo que era mas silla que persona.

El problema con Zim es que al estar tanto tiempo aletargado en su escondite secreto se termino olvidando cual era la segunda fase de su plan maestro para poder apoderarse del planeta Tierra y entregarselo a los mas altos (los lideres de la raza invasora irken a la que pertenece Zim).

Como Zim estaba presionado tratando de recordar cual era la fase dos antes de que Dib recuperara su fuerza fisica normal, tuvo que ver cuanto tiempo tenia para poder preparar el dominio total del planeta tierra antes de que el imperio Irken llegara a la Tierra. Así que le pregunto a su computadora cuanto tiempo faltaba para que la Nave madre del imperio Irken llegara a la tierra. La computadora mostró la trayectoria de la nave madre Irken la cual iba en linea recta conquistando todos los planetas que se le ponían enfrente. El problema es que el planeta Tierra no estaba en su trayectoria, y al ver esto Zim se dio cuenta de que lo habían mandado a la Tierra no para que la conquistara sino para deshacerse de el. Y que nunca volvería a ver a sus amados lideres.

Zim se deprimió y en ese momento Dib recupero su condición física ideal así que fue a detener a Zim, pero Zim no opuso resistencia, se entrego a Dib para que hiciera con el lo que pensaba hacer desde el principio, esponerlo ante la humanidad y dar a conocer la existencia de vida alienigena en la Tierra.

Zim aprovecho el evento de su papa para lograr la paz mundial usando los membrasaletes, y llevo a Zim a ese evento para presentarlo ante el mundo, pero Zim tenía otros planes, había creado una especie de ser viscoso con tecnología irken para apoderarse de la tecnología del membrasalete del Profesor Membrana y así poder crear un portar o agujero de gusano hacia la ruta que llevan los más altos y así lo vean dominar al planeta Tierra para el imperio irken.

Así que Zim lo primero que hizo fue raptar al profesor Membrana antes de que presentara al Membrasalete y se hizo pasar por un colaborador del profesor Membrana con un traje raro y empezó a entregar los membrasaletes modificados con la creatura con tecnología irken a todos los niños de la tierra y los hizo que hicieran un circulo alrededor del mundo tomandose las manos. Dib trato de detenerlos pero Zim encerro a Dib y a Gaz en su casa y puso a un clon mal hecho del profesor Membrana a cuidarlos y que se asegurara que no fueran a escapar. Gaz ya llevaba varios intentos de escape pero se dio cuenta de que era inutil que necesitaría la ayuda de Dib para poder distraer al clon mal hecho del Profesor Membrana (Clonbrana)




















escribir por escribir Dostoieswski

FEDOR DOSTOIESWSKI
CRIMEN Y CASTIGO

PRIMERA PARTE I

               Una tarde extremadamente calurosa de principios de julio, un joven salió de la reducida habitación que tenía alguilada en la callejuela de S… y, con paso lento e indeciso, de dirigió al puente K…
               Había tenido la suerte de no encontrarse con su patrona en la escalera.
               Su cartucho se hallaba bajo el tejado de un gran edificio de cinco pisos y, más que una habitación, parecía una alacena. En cuanto a la patrona, que le había alquilado el cuarto con servicio y pensión, ocupaba un departamento del piso de abajo; de modo que nuestro joven, cada vez que salía, se veía obligado a pasar por delante de la puerta de la cocina, que deba a la escalera y estaba casi siempre abierta de par en par. En esos momentos experimentaba invariablemente una sensación ingrata de vago temor, que le humillaba y daba a su semblante una expresión sombría. Debía una cantidad considerable a la patrona y por eso temía encontrarse con ella. No es que fuera un cobarde ni un hombre abatido por la vida. Por el contrario, se hallaba desde hacia algún tiempo en un estado de irritación, de tensión incesante, que rayaba en la hipocondría. Se había habituado a vivir tan encerrado en sí mismo, tan aislado, que no sólo temía encontrarse con su patrona, sino que rehuía toda relación con sus semejantes. La pobreza le abrumaba. Sin embargo, últimamente esta miseria había dejado de ser para él un sufrimiento. El joven había renunciado a todas sus ocupaciones diarias, a todo trabajo.
               En el fondo, se mofaba de la patrona y de todas las intenciones que pudiera abrigar contra él, pero detenerse en la escalera para oír sandeces y vulgaridades, recriminaciones, quejas, amenazas, y tener que contestar con evasivas, excusas, embustes… No, más valía deslizarse por la escalera como un gato para pasar inadvertido y desaparecer.
               Aquella tarde, el temor que experimentaba ante la idea de encontrarse con su acreedora le llenó de asombro se vio en la calle.
               <<!Que me inquieten semejantes menudencias cuando tengo en proyecto un negocio tan audaz! –pensó con una sonrisa extraña-. Sí, el hombre lo tiene todo al alcance de la mano, y, como buen holgazán, deja que todo pase ante sus mismas narices… Esto es ya un axioma… Es chocante que lo que más temor inspira a los hombres sea aquello que les aparta de sus costumbres. Si, eso es lo que más los altera… ¡Pero ya es demasiado divagar! Mientras divago, no hago nada. Y también podría decir que no hace nada es lo que me lleva a divagar. Hace ya un mes que tengo la costumbre de hablar conmigo mismo, de pasar días entero echando en mi rincón, pensando… Tonterías… Porque ¿qué necesidad tengo yo de dar este paso? ¿Soy verdaderamente capaz de hacer … “eso”?¿Es que, por lo menos, lo que pensado en serio? De ningún modo: todo ha sido un juego de mi imaginación, una fantasía que me divierte… Un juego, sí; nada más que un juego.>>
               El calor era sofocante. El aire irrespirable, la multitud, la visión de los andamios, de la cal, de los ladrillos esparcidos por todas partes, y ese hedor especial tan conocido por los petersburgueses que no disponen de medios para alquilar una casa en el campo, todo esto aumentaba la tensión de los nervios, ya bastante excitados, del joven. El insoportable olor de las tabernas, abundantísimas en aquel barrio, y los borrachos que a cada paso se tropezaban a pesar de ser día de trabajo, completaban el lastimoso y horrible cuadro. Una expresión de amargo disgusto pasó por las finas facciones del joven. Era, dicho sea de paso, extraordinariamente bien parecido, de una talla que rebasaba la media, delgado y bien formado. Tenía el cabello negro y unos magníficos ojos oscuros. Pronto cayó en un profundo desvarío, o, mejor, en una especie de embotamiento, y prosiguió su camino sin ver o, más exactamente, sin querer ver nada de lo que le rodeaba.
               De tarde en tarde musitaba unas palabras confusas, cediendo a aquella costumbre de monologar que había reconocido hacía unos instantes. Se daba cuenta de que las ideas se le embrollaban a veces en el cerebro, y de que estaba sumamente débil.
               Iba tan miserablemente vestido, que nadie en su lugar, ni siquiera un viejo vagabundo, se habría atrevido a salir a la calle en pleno día con semejante andrajos. Bien es verdad que este espectáculo era corriente en el barrio en que nuestro joven habitaba.
               La vecindad del Mercado Central, la multitud de obreros y artesanos amontonados en aquellos callejones y callejuelas del centro de Petersbugo ponían en el cuadro tintes tan singulares, que ni la figura más chocante podía llamar a nadie la atención.
               Por otra parte, se había apoderado de aquel hombre un desprecio tan feroz hacia todo, que, a pesar de su altivez natural un tanto ingenua, exhibía sus harapos sin rubor alguno. Otra cosa sido si se hubiese encontrado con alguna persona conocida o algún viejo camarada, cosa que procuraba evitar.
               Sin embargo, se detuvo en seco y se llevó nerviosamente la mano al sombrero cuando un borracho al que transportaban, no se sabe a dónde ni por qué, en una carreta vacía que arrastraban al trote dos grandes caballos, le dijo a voz en grito:
               -¡Eh, tú, sombrero alemán!
               Era un sombrero de capa alta, circular, descolorido por el uso, agujerado, cubierto de manchas, de bordes desgastados y lleno de abolladuras. Sin embargo, no era la vergüenza, sino otro sentimiento, muy parecido al terror, lo que se había apoderado del joven.
               -Lo sabía –murmuró en su turbación-, lo presentía. Nada hay peor que esto. Una nadería, una insignificancia, puede malograr todo el negocio. Si, este sombrero llama la atención; es tan ridículo, que atrae las miradas. El que va vestigo con estos pingajos necesita una gorra, por vieja que sea; no esta cosa tan horrible. Nadie lleva un sombrero como éste. Se me distingue a una versta a la redonda. Te recordarán Esto es lo importante: se acordarán de él, andando el tiempo, y será una pista… Lo cierto es que hay que llamar la atención lo menos posible. Los pequeños detalles… Ahí está el quid. Eso es lo que acaba por perderle a uno…
               No tenía que ir muy lejos; sabía incluso el número exacto de pasos que tenía que dar desde la puerta de su casa; exactamente setecientos treinta. Los había contado un día, cuando la concepción de su proyecto estaba aún reciente. Entonces ni él mismo creía en su realización. Su ilusoria audacia, a la vez sugestiva y monstruosa, sólo servía para excitar sus nervios. Ahora, transcurrido un mes empezaba a mirar las cosas de otro modo y, a pesar de sus enervantes soliloquios sobre su debilidad, su impotencia y su irresolución, se iba acostumbrando poco a poco, como a pesar suyo a llamar <<negocio>> a aquella fantasía espantosa, y, al considerarla así, la podría llevar a cabo, aunque siguiera dudando de sí mismo.
               Aquel día se había propuesto hacer un ensayo y su agitación crecía a cada paso que daba. Con el corazón desfallecido y sacudidos los miembros por un temblor nervioso, llegó, al fin, a un inmenso edificio, una de cuyas fachadas daba al canal y otra a la calle. El caserón estaba dividido en infinidad de pequeños departamentos habitados por modestos artesanos de toda especie: sastres cerrajeros… Había allí cocineras, alemanes, prostitutas, funcionarios de ínfima categoría. El ir y venir de gente era continuo a través de las puertas y de los dos patios del inmueble. Los guardaban tres o cuatro porteros, pero nuestros joven tuvo la satisfacción de no encontrarse con ninguno.
               Franqueó el umbral y se introdujo en la escalera de la derecha, estrecha y oscura como era propio de una escalera de servicio. Pero estos detalles eran familiares a nuestro héroe y, por otra parte, no le disgustaban: en aquella oscuridad no había que temer a las miradas de los curiosos.
               <<Si tengo tanto miedo en este ensayo, ¿qué sería si viniese a llevar a cabo de verdad el “negocio”?>>, pensó involuntariamente al llegar al cuarto piso.
               Allí le cortaron el paso varios antiguos soldados que hacían el oficio de mozos y estaban sacando los muebles de un departamentos ocupado –el joven lo sabía- por un funcionario alemán casado.
               <<Ya que este alemán se muda –se dijo el joven-, en este rellano no habrá durante algún tiempo más inquilino que la vieja. Esto está más que bien.>>
               Llamó a la puerta de vieja. La campanilla resonó tan débilmente, que se diría que era de hojalata y no de cobre. Así eran las campanillas de los pequeños departamentos en todos los grandes edificios semejantes a aquél. Pero el joven se había olvidado ya de este detalle, y el tintineo de la campanilla debió de despertar claramente en él algún viejo recuerdo, pues se estremeció. La debilidad de sus nervios era extrema.
               Transcurrido un instante, la puerta se entreabrió. Por la estrecha abertura, la inquilina observó al intruso con evidente desconfianza. Sólo se veían sus ojillos brillando en la sombra. Al ver que había gente en el rellano, se tranquilizó y abrió la puerta. El joven franqueó el umbral y entró en un vestíbulo oscuro, dividido en dos por un tabique, tras el cual había una minúscula cocina. La vieja permanecía inmóvil ante él. Era una mujer menuda, reseca, de unos sesenta años, con una nariz puntiaguda y unos ojos chispeantes de malicia. Llevaba la cabeza descubierta, y sus cabellos, de un rubio desvaído y con sólo algunas hebras grises, estaban embadurnados de aceite. Un viejo chal de franela rodeaba su cuello, largo y descarnado como una pata de pollo, y, a pesar del calor, llevaba sobre los hombros una pelliza, pelada y amarillenta. La tos la sacudía a cada momento. La vieja gemía. El joven debió de mirarla de un modo algo extraño, pues los menudos ojos recobraron su expresión de desconfianza.
               Raskolnikof, estudiante. Vine a su casa hace un mes –barbotó rápidamente, inclinándose a medias, pues se había dicho que debía mostrarse muy amable.
               -Lo recuerdo, muchacho, lo recuerdo perfectamente –articuló la vieja, sin dejar de mirarlo con una expresión de recelo.
               -Bien; pues he venido para un negocillo como aquél –dijo Raskolnikof, un tanto turbado y sorprendido por aquella desconfianza.
               <<Tal vez esta mujer es siempre así y yo no lo advertí la otra vez>>, pensó, desagradablemente impresionado.
               La vieja no contestó; parecía reflexionar. Después indicó al visitante la puerta de su habitación, mientras se apartaba para dejarle pasar.
               -Entre, muchacho.
               La reducida habitación donde fue introducido el joven tenía las paredes revestidas de papel amarillo. Cortinas de muselina pendían ante sus ventana, adornadas con macetas de geranios. En aquel momento, el sol poniente iluminaba la habitación.
               <<Entonces –se dijo de súbito Raskolnikof-, también, seguramente lucirá un sol como éste.>>
               Y paseó una rápida mirada por toda la habitación para grabar hasta el menor detalle en su memoria. Pero la pieza no tenía nada de particular. El mobiliario, decrépito, de madera clara, se componía de un sofá enorme, de respaldo curvado, una mesa ovalada colocada ante el sofá, un tocador con espejo, varias sillas adosadas a las paredes y dos o tres grabados sin ningún valor, que representaban señoritas alemanas, cada una con un pájaro en la mano. Esto era todo.
               En un rincón, ante una imagen, ardía una lamparilla. Todo resplandecía de limpieza.
               <<Esto es obra de Lisbeth>>, pensó el joven.
               Nadie habría podido descubrir ni la menor partícula de polvo en todo el departamento.
               <<Sólo en las viviendas de estas perversas y viejas viudas puede verse una limpieza semejante>>, se dijo Raskolnikof. Y dirigió, con curiosidad y al soslayo, una mirada a la cortina de indiana que ocultaba la puerta de la segunda habitación, también sumamente reducida, donde estaban la cama y la cómoda de la vieja, y en la que él no había puesto los pies jamás. Ya no había más piezas en el departamento.
               -¿Qué desea usted? –preguntó ásperamente la vieja, que, apenas había entrado en la habitación, se había plantado ante él para mirarle frente a frente.
               -Vengo a empeñar esto.
               Y sacó del bolsillo un viejo reloj de plata, en cuyo dorso había un grabado que representaba el globo terrestre y del que pendía una cadena de acero.
               -¡Pero si todavía no me ha devuelto la cantidad que le presté! El plazo terminó hace tres días.
               -Le pagaré los intereses de un mes más. Tenga paciencia.
               -¡Soy yo quien ha de decidir tener paciencia o vender inmediatamente el objeto empeñado, jovencito!
               -¿Me dará una buena cantidad por el reloj, Alena Ivanovna?
               -¡Pero si me trae usted una miseria! Este reloj no vale nada, mi buen amigo. La vez pasada le di dos hermosos billetes por un anillo que podía obtenerse nuevo en una joyería por sólo rublo y medio.
               -Deme cuatro rublos y lo desempeñaré. Es un recuerdo de mi padre. Recibiré dinero de un momento a otro.
               -Rublo y medio, y le descontaré los intereses.
               -¡Rublo y medio! –exclamó el joven.
               -Si no le paree bien, se lo lleva.
               Y la vieja le devolvió el reloj. Él lo cogió y se dispuso a salir, indignado; pero, de pronto, cayó en la cuenta de que la vieja usurera era su último recurso y de que había ido allí para otra cosa.
               -Venga el dinero –dijo secamente.
               La vieja sacó unas llaves del bolsillo y pasó a la habitación inmediata.
               Al quedar a solas, el joven empezó a reflexionar, mientras aguzaba el oído. Hacia deducciones. Oyó abrir la cómoda.
               <<Sin duda, el cajón de arriba –dedujo-. Lleva las llaves en el bolsillo derecho. Un manojo de llaves en un anillo de acero. Hay una mayor que las otras y que tiene el paletón dentado. Seguramente no es de la cómoda. Por lo tanto, hay una caja, tal vez una caja de caudales. Las llaves de las cajas de caudales suelen tener esa forma… ¡Ah, qué innoble es todo esto!>>
               La vieja reapareció.
               -Aquí tiene, amigo mío. A diez kopeks por rublo y por mes, los intereses del rublo y medio son quince kopeks, que cobro por adelantado. Además, por los dos rublos del préstamo anterior he de descontar veinte kopeks para el mes que empieza, lo que hace un total de treinta y cinco kopeks. Por lo tanto, usted ha de recibir por su reloj un rublo y quince kopeks. Aquí los tiene.
               -Así, ¿todo ha quedado reducido a un rublo y quince kopeks?
               -Exactamente.
               El joven cogió el dinero. No quería discutir. Miraba a la vieja y no mostraba ninguna prima por marcharse. Parecía deseoso de hacer o decir algo, aunque ni él mismo sabía exactamente qué.
               -Es posible, Alena Ivanovna, que le traiga muy pronto otro objeto de plata… Una bonita pitillera que le presté a un amigo. En cuanto me la devuelva…
               Se detuvo, turbado.
               -Ya hablaremos cuando la traiga, amigo mío.
               Entonces, adiós… ¿Está usted siempre sola aquí? ¿No está nunca su hermana con usted? –preguntó en el tono más indiferente que le fue posible, mientras pasaba al vestíbulo.
               -¿A usted qué le importa?
               -No lo he dicho con ninguna intención… Usted en seguida… Adiós, Alena Ivanovna.
               Raskolnikof salió al rellano, presa de una turbación creciente. Al bajar la escalera se detuvo varias veces, dominado por repentinas emociones. Al fin, ya en la calle, exclamó:
               -¡Qué repugnante es todo esto, Dios mío! ¿Cómo es posible que yo…? No, todo ha sido una necedad, un absurdo –afirmó resueltamente-. ¿Cómo ha podido llegar a mi espíritu una cosa tan atroz? No me cría tan miserable. Todo esto es repugnante, innoble, horrible. ¡Y yo he sido capaz de estar todo un mes pen…!
               Pero ni palabras ni exclamaciones bastan para expresar su turbación. La sensación de profundo disgusto que le oprimía y le ahogaba cuando se dirigía a casa de la vieja era ahora sencillamente insoportable. No sabía cómo librarse de la angustia que le torturaba. Iba por la acera como embriagado: no veía a nadie y tropezaba con todos. No se recobró hasta que estuvo en otra calle. Al levantar la mirada vio que estaba a la puerta de una taberna. De la acera partía una escalera que se hundía en el subsuelo y conducía al establecimiento. De él salían en aquel momento dos borrachos. Subían la escalera apoyados el uno en el otro e injuriándose. Raskolnikof baó la escalera sin vacilar. No había entrado nunca en una taberna, pero entonces la cabeza le daba vueltas y la sed le abrasaba. Le dominaba el deseo de beber cerveza fresca, en parte para llenar su vacío estómago, ya que atribuía al hambre su estado. Se sentó en un rincón oscuro y sucio, ante  una pringosa mesa, pidió cerveza y se bebió un vaso con avidez.
               Al punto experimentó una impresión de profundo alivio. Sus ideas parecieron aclararse.
               <<Todo esto son necedades –se dijo, reconfortado-. No había motivo para perder la cabeza. Un trastorno físico, sencillamente. Un vaso de cerveza, un trozo de galleta, y ya está firme el espíritu, y pensamiento se aclara, y la voluntad renace. ¡Cuánta nimiedad!>>
               Sin embargo, a despecho de esta amarga conclusión, estaba contento como el hombre que se ha librado de pronto de una carga espantosa, y recorrió con una mirada amistosa a las personas que le rodeaba. Pero en lo más hondo de su ser presentía que su animación, aquel resurgir de su esperanza, era algo enfermizo y ficticio. La taberna estaba casi vacía. Detrás de los dos borrachos con que se había cruzado Raskolnikof había salido un grupo de cinco personas, entre ellas una muchacha. Llevaban una armónica. Después de su marcha, el local quedó en calma y pareció más amplio.
               En la taberna sólo había tres hombres más. Uno de ellos era un individuo algo embragado, un pequeño burgués a juzgar por su apariencia, que estaba tranquilamente sentado ante una botella de cerveza. Tenía un amigo al lado, un hombre alto y grueso, de barba gris, que dormitaba en el banco, completamente ebrio. De vez en cuando se agitaba en pleno sueño, abría los brazos, empezaba a castañetear los dedos, mientras movía el busto sin levantarse de su asiento, y comenzaba a canturrear una burda tonadilla, haciendo esfuerzos para recordar las palabras.
               Durante un año entero acaricié a mi mujer…
               Duran…te un año entero a…ca…ricié a mi mu…jer.
O:
               En la Podiatcheskai
               me he vuelto a encontrar con mi antigua…
               Pero nadie daba muestras de compartir su buen humor. Su taciturno compañero observaba estas explosiones de alegría con gesto desconfiado y caso hostil.
               El tercer cliente tenía la apariencia de un funcionario retirado. Estaba sentado aparte, ante un vaso que se llevaba de vez en cuando a la boca, mientras lanzaba una mirada en torno de él. También este hombre parecía presa de cierta agitación interna.
               Raskolnikof no estaba acostumbrado al trato con la gente y, como ya hemos dicho últimamente incluso huía de sus semejantes. 

jueves, 15 de agosto de 2019

Escribir por escribir (Aristóteles Política)

Aristóteles
Política
Indice y Sumario
Política

Libro Primer

De la Sociedad Civil.- De la Esclavitud.

De la Propiedad.- Del poder Doméstico.

Capítulo I.- Origen del Estado y de la sociedad
               La sociedad es un hecho natural.- Elementos de la familia; el marido y la mujer, el señor y el esclavo.- El pueblo se forma mediante la asociación de familiar.- El Estado se forma mediante la asociación de pueblos: es el fin de todas las demás asociaciones; el hombre es un ser esencialmente sociable.- Superioridad del Estado sobre los individuos; necesidad de la justicia social.
               Capítulo II.- De la Esclavitud.
               Opiniones diversas en pro y en contra de la esclavitud: opinión de Aristóteles; necesidad de instrumentos sociales; necesidad y utilidad del poder y de la obediencia.- La superioridad y la inferioridad naturales determinan la existencia de los señores y de los esclavos; la esclavitud natural es necesaria, justa y útil; el derecho de la guerra no puede fundar la esclavitud.- Ciencia del señor; ciencia del esclavo.
               Capítulo III.- De la adquisición de los bienes.
               De la propiedad natural y de la artificial.- Teoría de la adquisición de los bienes; la adquisición de los bienes no afecta directamente a la economía doméstica, que emplea los bienes, pero no los crea. Diversos modos de adquirir: la agricultura, el pastoreo, la caza, la pesca, la piratería, etc. Todos estos modos constituyen la adquisición natural.- El comercio es un modo de adquisición que no es natural; doble valor de las cosas, uso y cambio; necesidad y utilidad de la moneda: la venta; codicia insaciable del comercio; reprobación de la usura.
               Capítulo IV.- Consideración práctica sobre la adquisición de los bienes.
               Riqueza natural, riqueza artificial; explotación de los bosques y de las minas como una tercera especie de riqueza.- Autores que han escrito sobre estas materias: Cares de Paros y Apolodoro de Lemnos.- Especulaciones ingeniosas y seguras para adquirir fortuna: especulación de Tales; monopolios utilizados por los particulares y por los Estados.
               Capítulo V.- Del Poder Doméstico
               Relaciones del marido a la mujer y del padre a los hijos.- Virtudes particulares y generales del esclavo, de la mujer y del hijo. Diferencia profunda entre el hombre y la mujer: error de Sócrates: trabajos estimables de Gorgias-Cualidades del obrero. Importancia de la educación de las mujeres y de los hijos.
               Libro Segundo.
               Examen Crítico de las Teorías Anteriores y de las Principales Constituciones.
Capitulo I.- Examen de la República, de Platón
               Crítica de sus teorías sobre la comunidad de las mujeres y de los hijos –La unidad política, tal como la concibe Platón, es una quimera, y destruiría el Estado, lejos de fortificarle.- Indiferencia que ordinariamente tienen los asociados respecto dulas propiedades comunes; imposibilidad de ocultar a los ciudadanos los lazos de familia que los unen; peligros de ignorarlos; crímenes contra naturaleza; indiferencia de unos ciudadanos para con otros. Condenación absoluta de este sistema.
               Capítulo II.- Continuación del Examen de la República, de Platón
               Crítica de sus teorías sobre la comunidad de bienes; dificultades generales que nacen de la mancumunidad, cualquiera que ella sea. La benevolencia recíproca de los ciudadanos puede, hasta cierto punto, reemplazar la mancomunidad, y vale más que ella; importancia del sentimiento de propiedad; el sistema de Platón sólo tiene una apariencia seductora; es impracticable, y no tiene las ventajas que su autor dice.- Observaciones críticas sobre la posición excepcional de los guerreros y sobre la perpetuidad de las magistraturas.
               Capítulo III.- Examen del Tratado de las Leyes, de Platón
               Relaciones y diferencias entre las Leyes y la República. Observaciones críticas: el número de guerreros es excesivo, y no se toma en cuenta para nada la guerra exterior; falta de claridad y de precisión en lo relativo a los límites de la propiedad; olvido en lo concerniente al número de hijos; no se advierte en Fedón este vació; el carácter general de la constitución propuesta en las Leyes es, sobre todo, oligárquico, como lo prueba el modo de elección para los magistrados.
               Capitulo IV.- Examen de la Constitución Propiesta por Faleas de Calcedonia
               De Igualdad de bienes; importancia de esa ley política; la igualdad de los bienes lleva consigo la igualdad de educación; insuficiencia de este principio.- Faleas nada ha dicho de las relaciones de su ciudad con los Estados vecinos: es preciso extender la igualdad de bienes hasta los muebles, y no limitarla a los bienes raíces. Disposición de Faleas sobre los artesanos.
               Capitulo V.- Examen de la Constitución ideada por Hipódamo de Mileto
               Análisis de esta constitución; división de las propiedades; tribunal supremo de apelación; recompensa a los inventores de descubrimientos políticos; educación de los huérfanos de los guerreros.- Crítica de la división de las clases y de la propiedad; crítica del sistema propuesto por Hipódamo respecto al tribunal de apelación: cuestión relatica a las innovaciones en materia política; es conveniente dejar de hacer innovaciones, para no debilidad el respeto debido a la ley.
               Capítulo VI.- Examen de la contitución de Lacedemonia
               Crítica de la organización de la esclavitud en Esparta; vacío de la legislación lacedominiana respecto a las mujeres.- Desproporción enorme de las propiedades territoriales causada por la impresión de legislador; consecuencias fatales.- Defectos en la institución de los éforos; defectos en la institución del Senado; defectos en la institución del reinado.- Organización viciosa de las comidas comunes.- Los almirantes tienen demasiado poder.- Esparta, según Platón, sólo ha desarrollado la virtud guerrera. Organización defectuosa de las rentas públicas.
               Capítulo VII.- Examen de la Constitución de Creta
               Sus relaciones con la constitución de Lacedomonia; admirable posición de Creta; siervos. Cosmos, Senado; la organización de las comidas públicas y comunes es mejor en Creta que en Esparta. Costumbres viciosas de los cretenses autorizadas por el legislador; desórdenes monstruosos del gobierno cretense.
               Capitulo VIII.- Examen de la Constitución de Cartago
               Su mérito probado por la tranquilidad interior que ha disfrutado y la estabilidad del Estado; analogías entre la constitución de Cartago y la de Esparta.- Defectos de la constitución cartaginesa; demasiado poder de las magistraturas; estimación exagerada de la riqueza; acumulación de empleos; la constitución cartaginesa no es bastante fuerte para que el Estado pueda soportar un contratiempo.
               Capitulo IX.- Consideraciones acerca de varios legisladores
               Solón: verdadero espíritu de sus reformas.- Zaleuco, Carondas, Ono mácrito; Filolao, legislador de Tebas; ley de Carondas contra los testigos falsos; Dracón, Pítaco, Andródamas. 

Escribir por escribir 4

>>Isabel que veía con tanta satisfacción como sorpresa estas maravillas del tiempo, se detuvo algo más todavía a considerar el nuevo espectáculo que el tribual de París ofreció a sus ojos: era una fortaleza de madera, en cuyas almenas se encontraban hombres de armas en facción. Sobre el castillo aparecía un lecho dispuesto donde yacía “Madame Sainte Anne”: era, decían, el símbolo del lecho de la justicia; el decorador tenía prevista sin dude la divina posteridad de la Santa; a cierta distancia había imaginado un bosque de donde se vio salir corriendo a un ciervo blanco que se dirigió al lecho de la justicia, un león y un águila, que salieron del mismo bosque, fueron a atacarle: en ese mismo instante doce doncellas con la espada en la mano se dispusieron a defender el lecho de la justicia y al ciervo. Carlos había adoptado por emblema la figura de este animal. Un hombre escondido dirigía con la ayuda de un resorte los movimientos del ciervo, que cogió una espada con la que agitaba el aire; parecía amenazador y miraba a todas partes con los ojos inflamados.
               >>A eso se limitaba la destreza de los maquinistas de este siglo.
               >>La reina se disponía a entrar en el “Pont au Change”, cuando un acróbata descendió con rapidez por una cuerda tendida desde lo alto de las torres de Notre-Dame hasta el puente. Como ya era tarde, sostenía en cada mano una antorcha encendida.
               >>El rey tuvo la curiosidad de asistir a todos esos espectáculos, y montó a ese efecto en la grupa del caballo de Savoisi, uno de sus chambelanes, arriesgándose a ser golpeado y expulsado por los agentes de la policía. Esta aventura fue el tema de las bromas de la noche.
               >>El obispo de París recibió a la reina a la entrada de la catedral; ésta realizó sus ofrendas que consistían en cuatro piezas de tela de oro, a las que añadió la corona que había recibido al entrar; en seguida le pusieron otra.
               >>Al día siguiente tuvo lugar la ceremonia de la coronación en la capilla santa del palacio. Isabel se dirigió a la iglesia, con la corona en la cabeza y los cabellos flotando. Toda la corte comió en el gran salón del palacio.
               >>Durante el festín, se representó ante los convidados el sitio de Troya; se llamaban entremeses a esa clase de representaciones. Los centros de orfebrería adornados con figuras con los que adornamos nuestras mesas nos recuerdan estos usos antiguos, reducidos a proporciones más agradables y menos embarazosas. Los días siguientes transcurrieron entre bailes y torneos precedidos y seguidos de festines espléndidos. Al final de una comida que el rey ofrecía a las damas en el salón del palacio, entraron dos jóvenes señores, armados completamente; les divirtieron con un combate en el que numerosos caballeros tomaron parte, uniéndose a los dos campeones.
               >>Cuarenta de los principales burgueses encargados de traer al monarca los presentes de la ciudad, fueron a ofrecerle en el palacio Saint-Paul, cuatro recipientes, seis palanganas y seis platos de oro; Carlos los recibió y les dijo: “Muchas gracias, buenas gentes, son hermosos y valiosos”.
               >>Los presentes destinados a la reina, llevados hasta la habitación de esta princesa por dos hombres disfrazados, uno de oso, el otro de unicornio, era una nave de oro, dos frascos grandes, dos platillos de servir la gragea, dos saleros, seis recipientes, seis palanganas del mismo metal y dos platillos de plata. Dos hombres ennegrecidos y disfrazados de moros trajeron la vajilla, igualmente presentada a la duquesa de Orléans; estos presentes costaron a la ciudad sesenta mil coronas de oro.
               >>Los Parisienses conservaban la esperanza de obtener por medio de estas demostraciones de celo algunas disminuciones de impuestos; pero sus esperanzas se desvanecieron con la partida de la corte. Los impuestos se aumentaron; un cambio de moneda acrecentó su descontento; el curso del dinero antiguo se prohibió bajo pena de muerte; y como estos cambios abarcan hasta las monedas de menor valor, llamadas “petits blancs”, el pueblo sufrió mucho y se quejó más aún.>>
               Apenas estas importantes ocupaciones estuvieron terminadas el rey partió hacia Avignon con el deseo de ver al papa Urbano que por aquel entonces habitaba allí. Deseoso de volar con sus propias alas, no quiso permitir de ninguna manera que sus tíos le acompañasen en su viaje que proyectaba al mismo tiempo por sus provincial meridionales, por medio de que perjudicasen las intenciones que había concebido y de las que una de las principales era verificar cuales podían ser en Languedoc los motivos de las quejas levantadas contra el duque de Berri que entonces mandaba allí y que había ocasionado Belisac, secretario del duque. Más de cuarenta mil familias desoladas huyeron de esta provincia para refugiarse en España, a donde llevaron su bienestar y su industria… Había llegado el momento de remedia tales abusos. Belisac torturado confesó unos delitos, tales, que le merecían la última pena. Este secretario, en esta desgraciada circunstancia, no tuvo otra ocurrencia mejor para escapar del peligro que le amenazaba que la de tentar a la reina, que había acompañado al rey, ofreciéndole una suma inmensa.
               Con una mujer como Isabel el medio era infalible; hubiese vendido Francia entera por la mitad de lo que le ofrecían. Desde este momento, se las apaño con el duque de Berri, quien para agradecerle su intervención, le remitió por su parte sumas por lo menos tan elevadas como las dadas por Belisac. Se convino desde entonces en este pequeño comité que Belisac haría unas declaraciones falsas y totalmente opuestas a las depredaciones de que se le acusaba, pero como el rey quería que sirviese de ejemplo, puesto que se ponía al abrigo de los crímenes que le eran imputados legítimamente, era preciso al menos encontrarle otros; se decidió que le acusarían de ateísmo; lo que, en estos tiempos de tinieblas y de superstición, le conduciría igualmente al patíbulo, sin embargo, con muchos más medios con que obtener gratis, puesto que sólo dependía ya de la justicia eclesiástica, de cuyas manos era casi seguro sacarle por el inmenso crédito que tenía el duque de Berri con el papa. Pero de esta manera se le perdió más fácilmente; el rey, furioso por un subtertugio que iba a devolver a la sociedad a mi culpable del que era tan necesario liberarla, obstaculizó todos estos medios escapatorios y Belisac fue condenado a la hoguera. Al subir al cadalso, quiso retractarse del crimen de ateísmo por el que se encendían las hogueras, y confesar el del peculado, el único que pudo imputársele y del que creía firmemente que le salvaría Isabel ante el terror de verse comprometida por las confesiones que podía hacer. Pero la reina hábil como el hombre que podía perderla empleó todo su crédito para apresurar el juicio, y el desgraciado Belisac tuvo que pagar a la vez, con la muerte más cruel, su desacertada seducción y el crimen que la había motivado.
               Estos eran los comienzos de Isabel; eso era lo que ejecutaba en la feliz edad en que la naturaleza parece colocar sólo en nuestras almas el candor y la afabilidad.
               ¿Se sorprenderán por lo que siguió?
               El condestable de Clisson había influido prodigiosamente tanto en la revelación de las conclusiones del duque de Berri como en el proceso de Belisac: Isabel que no lo ignoraba, desde este momento empezó a odiarle. Pudo querer la pronta ejecución del secretario, mientras temía sus confesiones; pero desde que Belisac la pagó bien, ya no había deseado su muerte, y tenía que odiar, pues, al que la ponía a la vez en la imposibilidad de recibir ya nada más de su cómplice y que le hacía temer sus indiscreciones, así fue que no perdonó jamás al condestable. El duque de Berri compartía este resentimiento: será necesario acordarse de esta particularidad, cuando se verá que Clisson se convierte en la victima de estos odios, cuyos gérmenes se encontraban también en el alma del duque de Bretagne que, como se vio, se había vengado ya del condestable, enemigo capital de los ingleses que protegía tanto Carlos de Blois.
               Las declaraciones de Bois-Bourdon a las que nos vemos obligados a recurrir con frecuencia, para establecer la verdad de los hechos que contamos desmienten formalmente aquí a los historiadores que nos dicen que la reina no realizó el viaje por el Languedoc; las pruebas que dan de ello consisten en una preendida apuesta hecha entre el rey y el duque de Orléans cuyo fin era saber quien ale los dos llegaría más pronto de Montpellier a Paris, tiara reunirse con sus mujeres; la apuesta pude existir, pero el rey no podía tener por motivo el deseo de ver a su mujer, puesto que no se había separado de ella. Cuando parecidos errores esparcen tanta oscuridad sobre las verdades históricas, ¿cómo puede permitírseles?
               Isabel que acababa de sentir hasta qué punto la presencia del rey la molestaba para exacciones parecidas a las que había hecho, con el fin de encontrarse más a gusto, y sobre todo mucho menos observaba, proyectó alejar a su esposo incitándole a emprender algunas empresas lejanas que le permitiesen reinar sola por completo.
               -Señor – le dijo un día- vuestro gusto y vuestro talento para las armas languidecen en una imperdonable ocisidad; vuestros generales y vuestros soldados se enervan en el seno de la indolencia, y yo veo desde aquí que la blandura borra con sus dedos flexibles las páginas de la historia de un reino que vos podríais hacer más glorioso. Si el más hermoso y el más noble de los proyectos fracasó con san Luis, vuestra majestad conoce las causas: más ocupados de su ambición y del deseo de conseguir reinos, los héroes de las cruzadas sacrificaron a una gloria muy culpable de la religión; os corresponde reparar esta falta, Señor. Todos vuestros guerreros arden en deseos de seguiros en una expedición tan piadosa. Volad a su cabeza a liberar el sepulcro del Redentor de los hombres; apresuraos a arrancar de las manos de estos infieles, cuya sola presencia mancilla este monumento sagrado de la más respetable de las religiones. El cielo bendecirá la empresa, y estos laureles que por mi voz os invita a coger, formarán la corona celestial que depositaréis un día a los pies del trono de Dios. Me quedaré gobernando vuestro reino, y mis cuidados se partirán entre los que me impondrán los deberes que me habréis confiado, y las ardientes plegarias que dirigiré cada día al cielo para el éxito de una conquista tan digna de vuestro coraje y vuestras virtudes.
               Isabel conocía bastante el espíritu supersticioso de su esposo para esperarlo todo de esta efervescencia.
               -¡Oh, sí, sí! –respondió el rey con entusiasmo- sí, querida esposa, soy digno de reparar las faltas de mis antepasados; vuestra voz celestes acaba de producir en mí la misma impresión que sintió Moisés en el monte de Horeb al recibir de Dios, que se le apareció en la zarza ardiendo, la orden de liberar a sus hermanos del yugo vergonzoso del Faraón.
               Carlos lleno de ardor lo dispuso todo; y esta nueva extravagancia iba a ejecutarse, si no se hubiese observado en el consejo muy razonablemente que era preferible trabajar en la reunión de la iglesia, por aquel entonces dividida por un cisma, que partir a la conquista de un sepulcro.
               Las resoluciones cambiaron; pero Carlos quiso al menos dirigirse a Italia para obligar a los romanos a someterse a la obediencia del papa Clemente.
               En cuanto a Isabel, se consoló al ver fracasar sus primeros planes: en primer lugar por la substracción de las sumas ya retiradas para la expedición de Palestina, que prometió al rey guardar en el caso de que el proyecto se renovase; después por las que, mucho más considerables que las primeras, recibió del papa para fortalecer las nuevas resoluciones que el rey acababa de adoptar.
               Una vez decidida la guerra de Italia, se levantó el cuadro de las tropas de destinadas a pasar los montes. El rey tenía que conducir cuatro mil lanzas; los duques de Bourgogne y de Berri dos mil lanzas cada uno; el duque de Bourbon mil; el condestable dos mil; y mil tenía en fin que partir bajo las órdenes de Couci y de Paul.
               Carlos alentó al duque de Bretagne a que le siguiera; pero éste no hizo ningún caso de una proposición que sus propios intereses le impedían acoger, y que era tan fuera de lugar como inútil.
               El duque de Orléans se quedaba, y puede juzgarse hasta que punto Isabel se regocijaba con este arreglo.
               <<Deja allá estos laureles bendecidos –decía a su amante- unos mirtos más dichosos lo esperan en mi seno. Los intereses de la religión son más sublimes que los del amor, estoy conforme, pero son lo bastante fuertes como para sostenerse por sí mismos: apoyemos los nuestros sólo, no conozco otros más sagrados.>>
               Los políticos pudieron observar desde entonces que se formaban dos partidos muy marcados en la corte. A la cabeza de uno estaba la reina, que sólo deseaba, como acabamos de ver, el alejamiento del rey, a fin de aumentar con esto su tesoro y su fuerza.  A la cabeza del otro se encontraban los duques de Bourgogne y de Berri, poco peligrosos para Isabel quien, siempre apoyada por el dique de Orléans, estaba segura de aprovechar la ausencia del rey si se alejaba, y de engañarle si se quedaba.
               De esta escisión resultó que en lugar de gozar apaciblemente de la paz general, cada uno pensó únicamente en fomentar guerras internas para enriquecerse a expensas unos de otros en las perturbaciones que acarrearían.
               El condestable, buen servidor del rey, y por consiguiente gran enemigo de Isabel, no podía conseguir que el duque de Bretagne observase sus compromisos; éste, muy inglés de espíritu y de corazón se encontraba unido al partido de la reina que estaba en buenas relaciones con los enemigos de su reino, cuyos cofres se abrían siempre para ella, sea porque necesitasesn guerras, sea porque las temiesen.
               Se enviaron a Rennes unos diputados que se dieron cuenta muy pronto de que el duque les engañaba, y obraba como un hombre seguro de que en acontecimiento muy cercano le libraría muy pronto de sus deberes.
               Es necesario observar que en esta época la mala pasada que había hecho el duque al condestable había tenido ya lugar, y que este príncipe subía los impuestos para devolver el rescate que había recibido del condestable.
               El marqués de Craon, del que ya hemos hablado, y de cuya inmoralidad es preciso acordarse, desempeñaba un importante papel en la corte. Amigo y confidente de los amores del duque de Orléans y de la reina, ocupaba al lado de este príncipe el mismo cargo de confianza que Bois-Bourdon al de su soberana: únicamente ellos eran los poseedores del gran secreto de esta intriga. El marqués de Craon era pariente del duque de Bretagne, gran enemigo del condestable: esta reunión de circunstancias le adhería al partido de Isabel, y fue por mediación suya que la reina aseguró al duque de Bretagne el calor con que le sostendría en todos los tiempos. A pesar de todos esos motivos para estar profundamente unido a los intereses de los dos amantes, Craon traicionó la confianza que tenía en él. Hizo a Valentina de Milán algunas revelaciones indiscretas, sin pensar que caía él mismo en las trampas que tendía a los otros. Esto requiere algunas aclaraciones.
               Existía entre el duque, Isabel y la duquesa de Orléans una culpable asociación que, por horrible que fuese, preservaba sin embargo, al de Orléans y a la reina de todos los peligros de la indiscreción. Carlos tuvo la misma debilidad que el duque de Orléans: éste amaba a la mujer de su hermano y Carlos amaba a su cuñada. Desde este momento, Isabel cedió de buena gana a su esposo a Valentina, con la condición de que ésta le cedería el suyo. Todo iba sobre ruedas, y Carlos, sin sospechar un pacto que le hubiese enfurecido, estaba contento sin embargo, del precio al que sus enemigos le cobraban su felicidad.
               Las indiscreciones del marqués no estorbaron, pues nada, se sabía lo que tenía que decir; pero le valieron la completa enemistad de Isabel y por contrapartida la de los otros dos. Se resolvió la venganza y unos pretextos se presentaron fácilmente; la conducta de Craon proveía muchos. El imprudente marqués cayó en desgracia. Encargado, como hemos dicho, de algunas negociaciones de parte de la reina, con el duque de Bretagne, fue en sus estados donde corrió en busca de asilo. Prevenido el duque se guardó muy bien de aclarar nada a Craon; pero encontrándole muy propicio para servir a su venganza del condestable, le persuadió del que sólo a Clisson debía sus desgracias; el marqués le creyó; se sabrá muy pronto lo que resultó de ello.
               Por lo demás, nada tan hábil como el cambio que el duque en esta ocasión supo dar al desgraciado Craon; pues armaba por este medio, uno contra otro, a dos poderosos enemigos de la reina, del duque de Orléans y de él mismo. Existen pocos políticos más sombríos y más flexibles, puesto que el duque se cuidaría con esto de reconciliar, cuando quisiese, a Craon con la reina, y de conservar así un agente siempre seguro de su comprensión con esta princesa. Por lo demás, era probable que ésta perdonase al marqués, puesto que de hecho, no había estropeado nada con sus indiscreciones y que había servido de mucho, armándose, como va a verse, contra Clisson mucho más peligroso que él.
               Todo lo que acabo de decir se preparaba en Tours., en una entrevista convocada entre el duque de Bretagne y el rey, y a la que Isabel, presurosa por ver al duque, no había faltado.
               Allí, el condestable apareció con una suntuosidad por lo menos parecida al aparato verdaderamente insolente que desplegó el duque de Bretagne. La reina, mediadora de esta entrevista, servía a la perfección a un príncipe de que creía tener tanta necesidad para los proyectos ambiciosos que alimentaba desde hacía tiempo.
               Allí el duque la reconcilió con Craon, allí Isabel acordó el matrimonio del duque de Bretagne con una de sus hijas, y se concertó esa pérfida alianza cuyo único fin era dar a Inglaterra un lustro más, aliando a Francia un príncipe que servía tan bien a sus enemigos. Una vez cimentados estos lazos. Cada cual regresó a sus estados.
               Tan pronto como el duque de Bretagne se encontró en Rennes y siempre por las instigaciones de Isabel, sólo pensó en romper todas las promesas ilusorias que había hecho a su soberano.
               Al regreso de este viaje el rey comenzó a sentir los primeros síntomas de manía. Con otros medios que los que se usaron, quizá se hubiesen prevenido las consecuencias de este accidente; pero como desgraciadamente se tenían muy pocas ganas de lograr esta curación, que unos motivos fáciles de adivinar tenía más bien que retardar en vez de avanzar, sólo se emplearon fiestas y placeres, medio muy insuficiente y que usaban únicamente aquellos que ganaban con fomentar las turbaciones que tenían que resultar necesariamente de un accidente tan funesto.
               Se sospechó largo tiempo que la reina había empleado unos polvos para respirar o para tragar que le habían sido proveídos por unos monjes italianos, que se hicieron venir a costa de grandes gastos. Es cierto que se observó desde este momento que las crisis crecían o decrecían en razón de la necesidad que Isabel tenía del delirio o de la razón de su esposo.
               ¿Pero puede producirse este singular efecto en las facultades intelectuales del hombre?
               Si las causas de esta enfermedad son lo bastante conocidas para que pueda curarse, seguramente puede ser provocada; y si ciertos venenos son capares de alcanzar las facultades físicas. ¿Por qué unos venenos de orden diferente no alterarían sus facultades morales? ¿Son éstas de una clase diferente de las otras y no está demostrado ahora que la unión de unas y otras facultades es demasiado íntima para que lo que emana de unas no sea una continuación constante de lo que es producido por las otras? ¿No alteran el alma todas las enfermedades del hombre? ¿Y cómo la afectarían sin su intima unión con el cuerpo? ¿Las facultades intelectuales, en una palabra, son diferentes de las facultades materiales? ¿El cerebro del hombre lesionado por los accidentes de la locura no puede, como la membrana velluda de su estómago, ser corroído por un veneno cualquiera? ¿Y si el acto desorganizador es en el fondo el mismo y sólo difiere por la naturaleza del veneno empleado, quien nos dirá que las búsquedas de la botánica no tienen que proporcionar lo que puede alterar uno, como lo que puede desbaratar lo otro? Una única diferencia nos detiene: ¿Nos equivocaremos en la premisa mayor y en este caso todas las consecuencias serán falsas? ¿Es cierto asimismo que las facultades morales son iguales a las facultades físicas? Esta duda nos conduciría a unos siglos de tinieblas felizmente disipadas para nosotros; no temamos, pues equivocarnos con respecto a este hecho. La locura que ataca las facultades morales sólo las turba porque son físicas; sólo las desbarata por la razón de que todo lo que ataca lo moral lesiona infaliblemente lo físico y viceversa, y la locura como es una enfermedad que ataca a la vez el alma y el cuerpo puede darse, como puede curarse, o para expresarse mejor todavía, darse, puesto que se cura.
               Por lo demás, lo que exponemos aquí sólo es el resultado de cuanto dijeron los monjes que vendieron estos venenos- pero no respondemos en absoluto de sus afirmaciones, estamos igualmente muy lejos de poder indicar las plantas que empleaba, y ciertamente si este poder estuviese en nuestras manos, nos guardaríamos muy bien de revelar un secreto de tal naturaleza.
               Algunos artículos de las confesiones de Bois-Bourbon apoyan nuestras conjeturas; pero dejamos a nuestros lectores la facultad de pensar lo que quieran al respecto. Quizá tendremos ocasión de responder más abajo a algunas objeciones levantadas contra este artículo, muy importante sin duda en la historia que contamos. Limitémonos ahora al simple papel de narrador.
               Es cierto, a pesar de lo que pudiera pasar, que en lugar de calmar a su esposo, la reina hacía todo lo que podía para excitarle más. Por aquel entonces instituyó en Vincennes era indecente <<corte amorosa>> organizada como las cortes soberanas, y donde se encontraban absolutamente todos los mismos oficiales revestidos con los mismos títulos. Pero lo que sorprendió más a los verdaderos amigos de la moral, es que había entre los miembros de esta escandalosa asociación, no sólo los más grandes señores de la corte, sino incluso doctores en tecnología, importantes vicarios, capellanes, cures, canónigos, conjunto verdaderamente monstruoso y que, dicen los historiadores contemporáneos, caracterizaba la depravación de este burdo siglo, <<en que se ignoraba el arte tan fácil de ser vicioso al menos con decencia>>. Esta reflexión es muy poco moral: pues, que el vicio esté escondido, o que se manifieste, ¿no es igualmente peligroso…?, ¿no lo es incluso más cuando puede confundírsele con la virtud?
               Quizá desearían que trazásemo aquí algunos detalles de las reuniones de las que acabamos de hablar, lo haríamos sin duda si no nos hubiéramos prohibido severamente todo cuanto puede herir la decencia. Que se contenten con saber que la <<corte amorosa>> de Isabel, templo impuro dónde sólo se alababan los extravíos del sentimiento más delicado, estaba muy lejos de parecerse a las <<cortes de amor>> de Avignon presididas por Laura y cantadas por Petrarca, donde sólo se practicaban las virtudes del dios que se ultrajaba en Vincennes.
               Sin embargo, las fiestas no conseguían que se descuidasen las intrigas: el tiempo que se concede a las primeras es casi siempre aquel en que se urden mejor las segundas. Fue solamente entonces cuando el duque de Touraine obtuvo del rey ducado de Orléans, cuyo nombre llevó siempre a continuación, que para la comprensión más perfecta de esta historia, le hicimos adoptar, quizá, demasiado pronto.
               En esta época igualmente Craon consumó contra el condestable el crimen que dejamos presentir ya, con el fin de conocer de antemano las razones que determinaron esta execración, debida si se quiere a la barbarie, a la depravación del siglo, pero que nunca bajo ninguna excusa tenía que haber manchado la mano de un gentil hombre francés.
               Craon, desde hacía mucho tiempo, reunían en su palacio, en secreto, armas de toda especie. Algunos días antes de la ejecución de lo que proyectaba, cuarenta facinerosos se introdujeron allí con el mismo misterio; casi todos eran bretones.
               <<Amigos míos –les dijo la víspera-, se trata ahora de vengar a vuestro príncipe, conocéis las faltas del condestable de Clisson con respecto al duque de Bretagne. En posesión de sus secretos, los traicionó todos, y creyendo que la verdad no lograrían aún perder a Carlos de Blois en el espíritu del rey de Francia, unió a ella la calumnia más insigne: se atrevió a decir que vuestro soberano negociaba una culpable alianza con los ingleses contra Carlos VI, mentira atroz que no tenía otro fin sino empujar al monarca a declarar la guerra a Bretagne, y todo esto con la única intención de vengarse del duque, que lo describió al rey como merecía; tratando sobre todo de desvelar la pérfida ambición que le empujaba a llevar la guerra a Bretagne sólo para encontrar medios con que ilustrarse. Si el duque de Bourgogne hubiese continuado en el gobierno de Francia nunca Clisson, nunca este hombre pérfido hubiese conseguido adquirir una consideraciój que el rey sólo le concede porque no le conoce. En una palabra, Clisson estaba perdido, sin la humanidad del duque de Bretagne, que sólo consintió en soltarle por medio de un rescate que su mala fe no pagó nunca. Carlos de Bretagne era el dueño de su vida, se la concedió, y el ingrato se convierte aún en más culpable con respecto a su libertador. Amigos, ha llegado la hora de vengar a vuestro señor, tengo orden de no tratar con miramiento a este gran culpable; armaos contra un traidor y cumpliréis el deber de las personas honradas. El condestable pasará mañana cerca de este palacio; golpeadle cuando aparezca, y que el mentiroso expire a vuestros pies. Esta legítima acción a la que os exhorto tiene que ser agradable al cielo, cuya justicia quiere que el crimen sea castigado: tiene que complacer a nuestro soberano al que venga y más aún a Carlos VI al que libra del mortal más peligroso.
               >>Si hay uno solo a quien repugne esta acción que no se arme. Aquí hay mazas, espadas, puñales para los demás…>> Y apoderándose Craon en persona de una de estas armas gritó: <<Ojalá pudiera este hierro vengador que veis aquí, guiado por mis manos justicieras, hundirse el primero en el corazón del culpable. Que ningún remordimiento, ningún terror turbe vuestros espíritus, tanto como debemos temblar ante un asesinato ilegítimo, tanto debemos enorgullecernos del que venga de un golpe a Dios, al honor y al rey.>>
               Se cogieron todas las armas y todos los que se apoderan de ellas juran obedecer.
               El día elegido para realizar esta infame acción era el de la fiesta del Santísimo Sacramento. La superstición de estos tiempos de ignorancia afectaba preferir para la ejecución de los más horrorosos complots los días consagraos por la religión, como si los culpables quisiesen asociar al cielo con su ferocidad.
               Llegó la noche. Fue precedida por una tempestad que cubría aún París entero con las tinieblas más espesas.
               Lejos de prestarse a las infamias proyectadas se hubiese podido decir que el cielo obscurecía únicamente el horizonte con sus sombras para asustar mejor a los culpables. Ni un alma circulaba por las calles de la capital de Francia, el silencio que reinaba en ellas era la imagen de la muerte.
               Esta noche había tenido lugar una fiesta en el palacio de Saint-Paul, donde se encontraba ordinariamente la corte, y el baile que siguió a la cena había llenado la mitad de la noche.             
               El condestable acaba de abandonar la corte; se retiraba a su palacio situado en el lugar que ocupó más tarde el palacio de Soubise. Era la una de la madrugada, cuando escoltado por ocho hombres llevando antorchas encendidas, Clisson atraviesa la calle Culture Sainte-Catherine. Algunos asesinos, mezclándose con los criados de Clisson, apagaron las antorchas de éstos, el condestable no viendo ya con quien tiene que habérselas, pero cuya franqueza y lealtad no pueden sospechar un mal que sería él mismo incapaz de cometer, cree que esta escena es sólo una broma del duque de Orléans. <<Os adivino, mi príncipe –grita- y perdono a vuestra juventud una broma, que sin embargo, no nos conviene ni a vos ni a mi.>>
               Antes estas palabras, Craon se da a conocer: <<Condestable –dice-, no es el duque de Orléans, soy yo…, yo que quiero librar a Francia de su más mortal enemigo; sin cuartel, es preciso morir. Matadle, matadle –prosigue este cobarde dirigiéndose a los que le seguían-, y no dejéis con vida a ninguno de los que le defenderán.>>
               En vano los ocho criados del condestable trataban de hacerlo; ellos y su señor fueron asaltados y golpeados por todos lados. Los criados se escaparon, y Clisson que se quedó sólo en medio de sus asesinos, hubiese sucumbido infaliblemente sin la cota de malla que llevaba bajo sus vestidos. No hay manera de reconocerse unos a otros…, la oscuridad es tan profunda, que algunos cobardes se apuñalan entre ellos. Otros, asustados por el horror gratuito que les hacen ejecutar y por las peligrosas equivocaciones de las que la oscuridad les convierte en víctimas, y más aún sin duda por el valor con el que Clisson se defiende, emprenden la huida, desperdigándose por las canes adyacentes, o regresan al palacio de Craon. Únicamente uno más encarnizado que los otros. Lama a Clisson un golpe tan terrible, que le hace caer de su caballo y va a parar a la puerta de un panadero, aún entreabierta, y que hunde el peso de su cuerpo. La débil luz que sale de esta tienda termina de llenar de terror el alma de los culpables; todos emprenden la huida, Clisson se queda solo y sin conocimiento.
               Algunos de sus servidores se acercan entonces: uno de ellos come a advertir al rey de lo que sucede. Carlos iba a acostarse: sin vestirse de nuevo, sube al grupo detrás del emisario cuyo caballo fustiga con todas sus fuerzas. Llega a casa del panadero, y ve a su condestable ahogado en medio de su sangre, que se esfuerzan por parar. <<!Oh, mi querido Clisson! –le dice-, ¿quién pudo ponerte en este estado?>> <<Señor –responde el condestable- son vuestros enemigos tanto como míos: pues sabéis cuanto quiero a vuestra majestad, y estos desgraciados no me lo perdonan.>> <<Pero, ¿quién, pues, amigo mío? Nombradle.>> <<Señor, es Craon, le he reconocido; es él quien cobardemente me ha hecho asesinar: sólo le nombro porque los que me tratan así no sabrán amarle.>> <<Condestable –dice el rey- este doble motivo es inútil para que castigue a este vil asesino. Vengaría quizá con menos calor vuestro ultraje si me ocupaba del mío.>>
               Sin embargo, los doctores llegan. <<Miren a mi condestable –les dice Carlos-, y que yo sepa lo que debo esperar; pues sus dolores son los míos propios: les recompensaré más por curarle, que por los cuidados que pudiesen prestarme a mí…>> Y el buen Carlos, inclinándose sobre el condestable, mojó con sus lágrimas las llagas de su amigo. <<Señor –le dijo Clisson enternecido- si siento perder esta sangre que vuestras lágrimas paran, es por la imposibilidad en que su efusión va a colocarme de poder terminar de perderla por vuestra majestad vertiéndola en el campo del honor.>> <<Condestable, tú no morirás.>> <<Y bien, mi príncipe, mi último suspiro será, pues, para vos –prosiguió Clisson estrechando las manos de su señor- y esta esperanza me consuela por todo.>>
               Esta escena emocionante inflamó las llagas y los cirujanos suplicaron al rey que se retirase. <<Consiento en ello –dijo Carlos-, pero con la condición de que me respondéis de él, no le dejaré sin esto.>> <<Sí, señor, respondemos de él.>> <<Me voy pues tranquilo –dijo el rey-. Adiós condestable; reconoceré si tú me quieres por los cuidados que tomarás de tu persona>>, y lo abrazó…